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UN PASEO POR ALBI, RECORDANDO LA CRUZADA CONTRA LOS CÁTAROS

UN PASEO POR ALBI, RECORDANDO LA CRUZADA CONTRA LOS CÁTAROS

A unos 45 minutos de Toulouse se encuentra la ciudad de Albi, que fue durante la Edad Media el corazón de la cruzada contra la herejía cátara. Con algo más de 50.000 habitantes,  a orillas del Tarn en la región de Mediodía-Pirineos, fue declarada Patrimonio Mundial de Unesco en 2010. Diseminados por toda la región se encuentran los pueblos que nacieron como  fortalezas cátaras y que hoy conservan un asombroso patrimonio arquitectónico. Seguramente el más conocido de todos ellos sea Carcasonne, pero un poco más al norte, entre los viñedos de Gaillac y el bosque de Gresigne, se encuentra Cordes sur ciel, una villa medieval también imprescindible.

El Tarn a su paso por Albi

 

La tolerancia de los señores feudales permitió que durante los siglos XII-XII la herejía cátara se asentara en todo el Sur. Cuando el papa Inocencio III hizo un llamamiento a la cruzada para acabar con los herejes, el rey francés Felipe II (1180-1223) no se mostró dispuesto a colaborar. Sin embargo, la petición de ayuda del conde de Toulouse y del resto de los señores del Languedoc  -los condes de Cominges, Foix, Trencavel, Beziers y Carcasona- al rey de Aragón, Pedro II, de quien eran vasallos, le hizo cambiar de opinión.  Con la vista puesta en extender sus fronteras y anexionar a su corona todo el sur de Francia, Felipe II se convirtió en un entusiasta cruzado.

El caballero normando Simón de Monfort, conocido por su crueldad contra los asediados, lideró la primera cruzada en territorio cristiano y con un ejército bien organizado se enfrentó a las tropas de Pedro II  y sus vasallos occitanos en la célebre batalla de Muret (1213), en la que el rey aragonés murió asesinado por encargo de Monfort, nuevo conde de Toulouse.

La derrota de las tropas  catalano-aragonesas  supuso un punto de inflexión  definitivo en la política futura del reino peninsular. El nuevo rey, Jaime I, que pasaría a la historia con el sobrenombre de el Conquistador, era solo un niño en manos de Monfort cuando murió su padre, Pedro II, y desde el comienzo de su reinado renunció a sus aspiraciones en la región del Languedoc  y potenció su política expansionista en el Mediterráneo. Solamente conservó en tierras occitanas Montpellier, herencia de su madre.

Otra consecuencia importante de la lucha contra la herejía cátara fue la fundación por parte de  Domingo de Guzmán de la orden de los dominicos y la creación de los primeros tribunales de la Inquisición, que se extendieron posteriormente por otros reinos cristianos, con especial arraigo en la Península Ibérica.

En 1229 se firmó el Tratado de París que puso fin a la cruzada y que obligó al conde Raimundo VII de Toulouse a acatar la sumisión a Luis IX de Francia.

Interior de la Catedral de Santa Cecilia en Albi

La ciudad episcopal de Albi conserva, además de sus barrios medievales, un conjunto monumental espectacular formado por la catedral gótica de Santa Cecilia, construida en ladrillo rojo típico de esta zona y el Palacio de la Berbie, una impresionante fortaleza rodeada de jardines que se alza sobre el río Tarn. Antigua residencia de los obispos de Albi, el Palacio es hoy la sede del Museo de Toulouse-Lautrec, donde se exponen las obras más representativas de este artista nacido en la ciudad en 1864.

Panorámica de Cordes-sur-ciel

A 25 kilómetros se encuentra Cordes sur Ciel, fundada en 1222 por Raimundo VII de Toulouse para resistir los ataques que llegaban desde el norte contra los cátaros y ofrecer un lugar de residencia a los que habían huido de los pueblos arrasados por la cruzada. Cordes se convirtió en la primera bastida o fortaleza construida para proteger a su población con dos líneas de muralla, que llegaron en algunos puntos a cinco. Llegó a ser pronto un enclave desde el que hacer negocios y la prosperidad de sus habitantes, dedicados especialmente al comercio de paños y pieles, se deja ver hoy en los edificios góticos de su casco histórico. Sin duda, merece la pena descubrir Cordes.

 

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